PROGRAMA
DE FORMACIÓN EN INGENIERÍA AGROALIMENTARIA
Durante
los últimos lustros la globalización financiera y corporativa ha asumido una posición central en todos los
negocios internacionales. El mercado global que se estructura entre empresas
transnacionales, define el rumbo de una acumulación que desarrolla una relación
colonial en la explotación de los recursos. La difusión de las operaciones
económicas del capital transnacional es favorecida en nuestra región por
políticas que estimulan las exportaciones de materias primas con miras "al
crecimiento hacia afuera".
Las políticas neoliberales han generado transformaciones en los sistemas de producción y modificaciones importantes en la estructura social del agro latinoamericano y caribeño. Los agricultores capitalistas incorporados a la modernización se han beneficiado ya que contaban con el acceso a los recursos financieros, de tierra, de tecnología y de organización necesarios para asumir el cambio en los sistemas de producción y las posibilidades de acceso a estos nuevos mercados. Por el contrario, los productores familiares campesinos han sido los principales perjudicados debido a que, en la mayor parte de los casos, disponían de recursos de baja calidad, dificultades de acceso al crédito y al seguro, escasez de tierras apropiadas, carencia de tecnologías adaptadas a su situación así como de información sobre los mercados, planes y programas; a esto se agregan los altos costos de transacción. En definitiva se ha profundizado el abismo social que separa a la agricultura campesina de la agricultura empresarial.
Las políticas neoliberales han generado transformaciones en los sistemas de producción y modificaciones importantes en la estructura social del agro latinoamericano y caribeño. Los agricultores capitalistas incorporados a la modernización se han beneficiado ya que contaban con el acceso a los recursos financieros, de tierra, de tecnología y de organización necesarios para asumir el cambio en los sistemas de producción y las posibilidades de acceso a estos nuevos mercados. Por el contrario, los productores familiares campesinos han sido los principales perjudicados debido a que, en la mayor parte de los casos, disponían de recursos de baja calidad, dificultades de acceso al crédito y al seguro, escasez de tierras apropiadas, carencia de tecnologías adaptadas a su situación así como de información sobre los mercados, planes y programas; a esto se agregan los altos costos de transacción. En definitiva se ha profundizado el abismo social que separa a la agricultura campesina de la agricultura empresarial.
La agroindustria
se abastece de insumos importados a bajos precios lo que ocasiona una competencia
desigual con la producción nacional, con presión a la baja de los precios
internos y con todo lo que de ello se genera: quiebras, desempleo, dependencia,
sometimiento, subordinación, crecimiento del capital financiero, etc. Los
productores agrícolas capitalistas de los países dominantes reciben subsidios
agrícolas mayores en promedio a los de los productores en América Latina y el
Caribe. Pero a esta región le imponen precios —bajos, agrícolas— y eliminación
de subsidios. En aquellos países donde se pudiera hablar de excepciones en
relación a la sobreproducción en algunos productos, la caída en los precios reales internos y el
aumento de las importaciones producto de la acción ejercida por la
agroindustria deprime a los agricultores nacionales y fortalece el sustituir
producción nacional por más importaciones, independientemente de que no la
acaban completamente pero sí hacen decrecer la producción. El monopolio del capital financiero y especulativo ha
conducido a la elevación de las tasas de interés que afectan la tasa de
ganancia del capital industrial y agrícola, disminuyendo la inversión
productiva y afianzando el dominio del capital financiero, etc. Esto deriva en
la quiebra de la pequeña y la mediana industria y, en general, en la exclusión de
la producción orientada hacia el mercado interno, lo que deprime aún más el
empleo y los salarios, pero no de la producción orientada hacia la exportación
como lo plantean las recetas neoliberales —esta producción, en algunos casos,
sí resulta beneficiada como es la de las maquiladoras—. Se necesitan bajos
salarios pero no una producción de alimentos baratos que deje un excedente de
salarios que pueda el trabajador orientar a los bienes industriales. Porque la
producción industrial —y la agrícola— está dirigida al mercado mundial y no al
nacional. Como consecuencia de ello nuestros pueblos se ven obligados a satisfacer
sus necesidades alimentarias importando productos a precios muy altos y,
finalmente, aumentando su dependencia con respecto a los grandes centros del
poder económico internacional. En este contexto se produce un sensible
deterioro del salario, un incremento significativo del desempleo y una profundización de la pobreza, la miseria y la exclusión.
Conjuntamente
con el deterioro y la intensificación de la dependencia
agroalimentaria la penetración del capital transnacional agroindustrial llega
hasta la esfera de decisiones en relación al uso de los transgénicos (organismos
genéticamente modificados), contando con la complicidad, la debilidad y/o la
inacción institucional por parte de gobiernos que se pliegan a los intereses del
agronegocio y se posicionan en contra de la agricultura campesina y la
soberanía alimentaria.
El
avance de la gran agroindustria en América latina y el Caribe se ha reforzado
con los proyectos de producción de
biocombustibles que se formulan y realizan con base en el argumento de que es necesario buscar alternativas
energéticas que permitan mitigar ciertos problemas ambientales globales como el
cambio climático. En el fondo responden
a políticas destinadas a mantener el control del mercado mundial de carburantes
por parte de las multinacionales de la energía que no sólo no resuelven ningún
problema ambiental, sino que los agravan contribuyendo a preservar el estilo de
vida depredador del capitalismo y, en particular, del imperio estadounidense.
El capital transnacional ha estado al
frente de grandes proyectos extractivos y agroindustriales en América Latina y
el Caribe, una región con grandes yacimientos minerales,
la mayor biodiversidad del mundo,
bosques y selvas muy extensas y enormes reservas de agua dulce. El desarrollo de esos proyectos exige ocupar e
intervenir extensos territorios, utilizar inmensas masas de agua y emplear substancias tóxicas de modo
intensivo, todo lo cual se ha traducido en el pillaje del patrimonio natural y
el deterioro de numerosos ecosistemas en América latina y el Caribe.
A
la contaminación del agua, el aire y los suelos ocasionada por las emisiones nocivas lanzadas por estas
industrias, se suman en los últimos años la contaminación con agrotóxicos y
transgénicos de los monocultivos. Además de provocar serios problemas de salud
y deterioro de las condiciones de vida a poblaciones campesinas de varios
países, la aplicación masiva de agroquímicos está produciendo daños de otro
tipo que en un futuro no tan lejano agravarán el panorama más allá de cualquier
predicción. Se teme que la destrucción de su hábitat, el uso de plaguicidas y
la introducción de cultivos invasores esté causando la extinción de numerosas
especies animales y vegetales.
Las empresas transnacionales que elaboran agrotóxicos son también productoras de semillas transgénicas y poseen la mayoría de las patentes de biotecnología agrícola, lo que les facilita el control global de la agricultura y la cadena alimentaria. La contaminación transgénica es aprovechada por las mismas transnacionales, que exigen pago a los agricultores cuyos cultivos accidentalmente se han contaminado con semillas patentadas. Más aún, en aquellos casos en los que no se logra el cobro por sus patentes, esquilman a los agricultores con la venta de plaguicidas.
Las empresas transnacionales que elaboran agrotóxicos son también productoras de semillas transgénicas y poseen la mayoría de las patentes de biotecnología agrícola, lo que les facilita el control global de la agricultura y la cadena alimentaria. La contaminación transgénica es aprovechada por las mismas transnacionales, que exigen pago a los agricultores cuyos cultivos accidentalmente se han contaminado con semillas patentadas. Más aún, en aquellos casos en los que no se logra el cobro por sus patentes, esquilman a los agricultores con la venta de plaguicidas.
En
nuestra región los pueblos están
reaccionando contra las políticas que por un lado impiden que la población
tenga acceso a los recursos vitales y por otro los entregan al negocio
transnacional. Se añade a lo anterior
una oposición cada vez más fuerte a los tratados de libre comercio bajo los
términos de las corporaciones transnacionales, que facilitan el saqueo y la
destrucción de recursos al disminuir aún más las débiles regulaciones
nacionales.
En gran parte de los países latinoamericanos los grupos sociales dominantes establecen alianzas con las empresas transnacionales agroindustriales para enfrentar y reprimir a movilizaciones indígenas, campesinas y de otros movimientos sociales que reaccionan contra los efectos negativos de la agricultura capitalista en sus comunidades, identidades, economías y ambientes.
En gran parte de los países latinoamericanos los grupos sociales dominantes establecen alianzas con las empresas transnacionales agroindustriales para enfrentar y reprimir a movilizaciones indígenas, campesinas y de otros movimientos sociales que reaccionan contra los efectos negativos de la agricultura capitalista en sus comunidades, identidades, economías y ambientes.
Venezuela no escapa a esta situación, históricamente ha sido un país
dependiente del sistema capitalista mundial, con una economía rentista y
monoproductora; el latifundio, los problemas de tenencia de la tierra, la
destrucción de todas las formas autóctonas de producción y la aplicación de
tecnologías no adecuadas entre otros, se explican en este contexto, y ha
conducido a un decrecimiento del sector agrícola al punto de que para el
presente se importa alrededor del 80% de los alimentos que consume la
población, profundizando la dependencia y subordinación ante las grandes
economías mundiales, lo cual atenta contra la soberanía y seguridad alimentaría
y la salud del pueblo venezolano.
La crisis alimentaría actual acentuada
por las políticas neoliberales ha puesto en evidencia la realidad de la
inseguridad y dependencia alimentarias
de nuestros pueblos y en particular de
Venezuela. El desarrollo de la agricultura en Venezuela a lo largo del siglo
pasado estuvo orientado por los procesos
y esquemas que ya hemos descrito, añadiéndose a ello el hecho de, que a
pesar de contar con todos los recursos, Venezuela es un importador neto de
alimentos. La estructura de nuestro agro está dominada por la gran
agroindustria y en ella persiste el latifundio. Nuestros profesionales del agro
mayormente se forman y trabajan desconectados de la realidad social y tienen
como referencia paradigmas de conocimiento que responden a la racionalidad del
capitalismo y a la pretensión de dominar a la naturaleza.
Las
comunidades, grupos y movimientos que se resisten al dominio transnacional
agroindustrial, simultáneamente exploran nuevas modalidades de asociación para la generación de otros estilos de vida que tengan a la
defensa de la naturaleza y la cultura en el centro de sus prioridades. En este
sentido se inscribe la agroecología que aparece como propuesta de una
producción ecológica, que defiende la
economía y la identidad campesina ante
el
avasallante mercado mundial capitalista
y se combina con el derecho a la soberanía alimentaria y a una alimentación
sana, nutritiva, suficiente y libre de contaminación por el uso de agrotóxicos.
La agroecología integra el estudio de los agroecosistemas considerados
como el resultado de un proceso de interacción permanente entre lo social y lo
natural con una
forma de producir alimentos que está en sintonía con los procesos ecológicos,
coopera con la naturaleza y no actúa contra ella, utiliza tecnologías
apropiadas y prácticas protectoras del
ecosistema, y se nutre de saberes
ancestrales, populares y colectivos, enraizados en comunidades y pueblos
indígenas. En nuestra región y, en
particular en Venezuela, están en curso numerosas
experiencias locales de agroecología con las cuales se trabajan parcelas
y cultivos y se genera un consumo responsable como contraparte necesaria que
construye redes de consumidores en el medio urbano. Practicando la reciprocidad, la ayuda mutua y el diálogo democrático estas
redes trabajan codo a codo con los productores estableciendo precios
justos que remuneran adecuadamente el trabajo
invertido en la producción y apuestan por la expansión de relaciones no
mercantiles. De esta manera la agroecología trasciende las propuestas de
impulsar la producción y el consumo de alimentos
ecológicos, como alternativa a la agricultura y el consumo industrial, que no
cuestionan la lógica capitalista y obran en función de satisfacer las
necesidades de consumo de una élite. La agroecología es además una vía
de mediación de expresiones culturales referidas a contextos geográficos, ecológicos,
sociales y espirituales diversos, propios de culturas más equilibradas e integrales. La agroecología se inscribe en una
forma de vida alternativa que implica una relación dialógica entre culturas y una síntesis interdisciplinaria y transdisciplinaria.
La agroecología tiene plena vigencia y
pertinencia en el marco de los cambios sociales, económicos y políticos
iniciados en Venezuela a partir del año 1999.
En particular su razón de ser entronca con el espíritu del Plan de
Desarrollo Económico de la
Nación 2000-2007 y sobre todo con el Plan Socialista
2007-2013 que orienta el impulso del
desarrollo endógeno sustentable en el tránsito hacia el socialismo y establece
la promoción de la agricultura sustentable como estrategia del desarrollo rural
integral que garantiza la soberanía y la
seguridad alimentarias de la nación. Esto tiene sólidos fundamentos en la
constitución nacional, (entre otros en el artículo 305), y se rige por varias
leyes entre las cuales figuran la Ley de Tierras y Desarrollo
Rural, la Ley de
Pesca, la Ley Orgánica
del Ambiente, las Leyes de Financiamiento Agrícola y la Ley de Asociaciones y
Cooperativas. También está en sintonía con un conjunto de políticas, planes y programas que viene
desarrollando el gobierno nacional
tales como “Todas las manos a la siembra”, las misiones “Vuelvan Caras”
y “Ché Guevara”, así como con las orientaciones que en materia de desarrollo social y organización del Poder
Popular se inscriben en nuestras políticas públicas actuales.
Como
sabemos, en este contexto y para el caso de los sectores agrícola y ambiental,
se diseñan políticas, se crean instituciones, se aprueban leyes para erradicar
el latifundio, normar los procesos de producción, trasformación, distribución y
consumo, para fomentar la producción y apoyar al pequeño productor con el
propósito de lograr la soberanía alimentaría y tecnológica.
Ante
esta realidad, las instituciones de educación superior no se eximen de
responsabilidad, ya que han venido formando profesionales eminentemente
técnicos que en los momentos actuales no dan respuesta al proceso de transformación
del país. Es por ello que en el ámbito educativo, y más específicamente en
educación superior, la estrategia de desarrollo se basa en una política que
busca la inclusión de las grandes mayorías tradicionalmente marginadas del
sistema educativo. En particular cabe destacar los esfuerzos emprendidos por la Misión Sucre , la Universidad Bolivariana
de Venezuela y la Misión Alma
Máter. A la par de la justicia social que supone la inclusión, se plantea un
cambio de paradigmas basado en la transdisciplinariedad, el diálogo de saberes
y una educación en función de la emancipación, estableciendo vínculos estrechos
con las comunidades y los procesos de cambio social que en ellas toman cuerpo.
Con la universidad politécnica que se está construyendo se plantea un gran
reto, porque ahora se trata de formar a un profesional ciudadano con
responsabilidad social, ética y política que responda a las necesidades del pueblo. La universidad politécnica
constituye un desafío para la superación de las políticas neoliberales porque,
ciertamente, se inscribe en la responsabilidad que tiene el Estado venezolano
de crear instituciones que sirvan para la formación de sectores desasistidos
socialmente y/o que requieren de una formación científico-tecnológica, ética,
política que contribuya con el desarrollo social endógeno integral, ello, con
el firme propósito de afianzar la autodeterminación de los pueblos y favorecer
la soberanía alimentaria. En lo que al
tema agroalimentario se refiere, se perfila la agroecología como una
alternativa favorable al equilibrio socio ambiental y la soberanía alimentaría.
En este sentido destaca la creación del Instituto Latinoamericano de Agroecología
Paulo Freire.
El
Programa Nacional de Formación (PNF) en Ingeniería Agroalimentaria pretende
formar un profesional integral con una visión holística de la realidad agrícola
del país, capaz de abordar sistémicamente el conjunto de la cadena agroalimentaria
(producción, transformación, distribución y consumo), con principios agroecológicos, de tal manera que pueda motorizar y
dinamizar los cambios planteados en los Planes de Desarrollo de la Nación para contribuir con
la soberanía y la seguridad agroalimentaria.
Por las razones antes expuestas se
justifica la creación de un programa de formación en Ingeniería Agroalimentaria.
.
OBJETIVOS
General
Formar
profesionales integrales con un enfoque agroecológico, interdisciplinario y
transdisciplinario, en materia de producción, transformación, distribución y
consumo agroalimentario, que responda a las necesidades locales, regionales y
nacionales de seguridad y soberanía alimentarias,
comprometidos con el desarrollo endógeno sustentable y la organización
popular de trabajadores rurales y urbanos, indígenas, pescadores y campesinos,
en la construcción y el fortalecimiento de una sociedad socialista.
1.
Formar
ciudadanos profesionales integrales con enfoques interdisciplinario, transdisciplinario
y agroecológico.
2.
Formar
ciudadanos creativos e innovadores que articulen lo científico con lo técnico, lo ético-político,
lo estético lúdico y lo ambiental.
3.
Facilitar
la consolidación de conocimientos ambientales, sociales y técnicos necesarios
para la formación de ciudadanos profesionales aptos para contribuir
de manera efectiva con la construcción de la soberanía alimentaria.
4.
Formar
profesionales integrales que valoren e
incorporen dialógicamente en su desempeño nuestros saberes ancestrales, indígenas
y campesinos.
5.
Formar
profesionales probos que, partiendo de
una nueva ética socialista, que gestionen la organización y la participación
activa de las comunidades, los trabajadores rurales, campesinos, pescadores e
indígenas en la producción, transformación, distribución y el consumo de
alimentos sanos, nutritivos y suficientes.
6.
Formar
ciudadanos que asuman participativa y sustentablemente la gestión de los
agroecosistemas.
BASES CONCEPTUALES
Educación para la responsabilidad con lo público
Uno de los temas que fluye o refluye,
dependiendo de las situaciones y dinámicas que definen las realidades sociales,
es el Estado como servidor público; organismos internacionales de la ONU como
la UNESCO y la FAO, sectores de la intelectualidad, o los mismos movimientos
sociales organizados, la han asumido como punta de lanza del debate, aunándolo
a la educación. Si se realiza una lectura histórica del Estado, se comprende
que una de sus funciones ha sido ejercer el control a través de lineamientos e
instancias jerárquicas en la educación, haciendo de ésta una de sus
instituciones fundamentales.
Sin embargo, la responsabilidad del
Estado con lo público, teniendo como instancia privilegiada a la educación, no
se expresa de manera tan lineal o mecánica. Ello obedece a que las políticas
dependen, entre otras situaciones, de los gobernantes, los partidos políticos,
las tendencias que concurren en sus órganos, las políticas que traza o le
trazan organismos internacionales, políticas que contribuyen a la defensa de la
soberanía nacional, o, por el contrario, la sojuzgan y enajenan.
Las políticas neoliberales impuestas
por el capitalismo globalizado, constituyen una clara demostración del poder
hegemónico que ejerció y aún ejerce en la mayoría de los países
latinoamericanos y caribeños, el gobierno central de los EEUU de Norteamérica,
a través de las empresas transnacionales y sus organismos multilaterales (Banco Mundial,
Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial del Comercio, entre otros),
afectando el compromiso del Estado-nación con respecto a una educación que debe
ser un bien público, por tanto, gratuita, obligatoria y continua, o colocando
de su lado a segmentos de la intelectualidad, para que defiendan la idea de la
educación privada como servidora de lo público, porque a través de sus
instituciones atiende a un grueso sector de la población estudiantil, cuando
realmente su actividad constituye el costo social que paga por mantener y
reproducir sus intereses mercantilistas.
La universidad politécnica constituye
un desafío para las políticas neoliberales porque, ciertamente, se inscribe en
la responsabilidad que tiene el Estado Venezolano de crear instituciones que
sirvan para la formación de sectores desasistidos socialmente y/o que requieren
de una formación científico-tecnológica, ética, política que contribuya con el
desarrollo social endógeno integral, ello, con el firme propósito de afianzar
la autodeterminación de los pueblos y favorecer la soberanía alimentaria.
Educación para la soberanía alimentaria
La pobreza crítica que presentan
grandes sectores de la población venezolana, plantea un desafío a quienes
dirigen los asuntos del Estado, impulsando la idea de la educación como una de
las armas fundamentales que puede ser esgrimida para combatirla. En este marco,
no ajeno a importantes retos, emerge el concepto de soberanía alimentaria que
entendemos, como:
el derecho de los pueblos a definir sus
políticas agropecuarias, de producción y distribución de alimentos, organizándose
para satisfacer las necesidades de las comunidades regionales y comunales,
otorgando prioridad a la producción y al consumo interno, incluyendo el derecho
de proteger la producción agrícola, piscícola y ganadera, evitando que sean
obstaculizadas por la intervención de las grandes transnacionales. (Comisión de Asesoría
Académica Misión Alma Mater)
Este concepto expresa la aspiración de
los movimientos sociales campesinos que priorizan el interés colectivo, sobre
el interés privado; las revoluciones sobre las reformas tímidas; los
movimientos populares por encima de los movimientos de las élites; las pequeñas
y medianas empresas de producción social en vez de los grandes negocios
monopólicos. La aspiración de los movimientos sociales que impulsan la creación
de instituciones educativas para enfrentar al capitalismo neoliberal y sus
pretensiones de derrumbar los esfuerzos por alcanzar la soberanía alimentaria y
demás efectos perversos que accionan contra la existencia de la vida humana y
del mismo planeta.
De ahí que los estudios de
agroecología constituyen una defensa para la población campesina y urbana, al
mismo tiempo
que una herramienta intelectual contra la penetración neoliberal, porque ellos
contienen los conocimientos científicos, técnicos, ético-políticos,
culturales en virtud de los cuales se logra saber qué sembrar y cómo sembrar
para comer mejor, como señalan algunos dirigentes campesinos. De ahí,
también, que contribuya a asegurar la soberanía alimentaria formando en áreas
de conocimiento que posibiliten la planificación y el establecimiento de
estrategias dirigidas a organizar la población campesina, rural, urbana y
suburbana sobre la base de una formación científico-técnica y humanística con
profundo contenido ético-político de orientación socialista.
Las universidades politécnicas
pretenden llenar esas expectativas al ponerse al servicio de estudiantes, que
proceden de distintas regiones de la República, con el fin de impulsar el
desarrollo endógeno y contribuir al establecimiento pleno de los derechos
humanos de nuestros pueblos.
Educación para la equidad en el acceso
Las transformaciones generadas
por el Estado venezolano con sus nuevas políticas, cuyos alcances se
manifiestan en todas las dimensiones de la vida social, han ido acompañadas de
nuevos desafíos y problemas a los cuales es necesario responder, más aun,
cuando uno de los fundamentos ético-políticos, con fuerza constitucional, es
profundizar el ejercicio mismo de la democracia participativa dentro de su
territorio y más allá de sus fronteras.
Ello permite comprender por qué
los IUT y CU se transforman con el firme propósito de abrirse al ingreso de
ciudadanos jóvenes y adultos en diversas regiones de nuestra geografía
nacional. Por este motivo su conformación se alinea a la estrategia que garantiza el disfrute
de los derechos sociales de hombres y mujeres, de forma universal y equitativa, con la finalidad de disminuir progresivamente las iniquidades sociales y de convertirse en
orientadora de los cambios que ponen en escena la democratización social en la
educación (Lineamientos Generales del Plan de Desarrollo Económico y Social
2001-2007, s/p.).
En tal sentido, la equidad social
en el acceso significa, desde este ángulo, valorar y practicar la justicia
social a través de la inclusión en la educación de las grandes mayorías
marginadas y excluidas evitando cualquier expresión discriminatoria de género,
etaria, etnocéntrica, xenofóbica, que atente contra la misma. Desde esta
perspectiva, la educación politécnica se propone contribuir a crear sujetos de derecho, pues se
caracteriza por ser democrática, gratuita
y obligatoria… y el Estado… la asume
como función indeclinable y como instrumento del conocimiento científico,
humanístico y tecnológico al servicio de la sociedad. (CRBV, Artículo 102). En
este marco, la educación para la equidad en el acceso responde a preceptos
constitucionales, y a las demandas y presiones que diversas organizaciones
políticas y movimientos sociales vienen planteando como un acto de justicia
social.
Educación de calidad e integral
El que el logro de la equidad se
concrete con la apertura de las instituciones de educación superior a toda la
población estudiantil, no puede constituirse en excusa para que no se realice con calidad. De tal manera
que es una responsabilidad del Estado, a través del Ministerio del Poder
Popular para la Educación Superior, del Ministerio del Poder Popular para
Agricultura y Tierras, del Ministerio del Poder Popular para el Ambiente, del
Ministerio del Poder Popular para Ciencia, Tecnología e Innovación, del
Ministerio del Poder Popular para Relaciones Exteriores y otros, mediante
convenios con organismos similares o de otra índole, garantizar las condiciones
(físicas y recursos de apoyo, entre otros) para que el ingreso y los trayectos
educativos se realicen satisfactoria y eficientemente. Porque,… toda persona tiene derecho a una educación
integral, de calidad, permanente, en igualdad de condiciones y oportunidades,
sin más limitaciones que las derivadas de sus aptitudes, vocación y
aspiraciones…. (CRBV. ART.103)
De ahí que la educación de calidad,
entendida como formación integral, se consustancie con las condiciones físicas
y los recursos que se requieren para que la trayectoria estudiantil incorpore
procesos pedagógicos que contribuyan a logros educativos, cada vez mejor y sin contratiempos, en los
espacios escolarizados y comunales, teóricos y prácticos que demanda la
educación superior y universitaria. A esta perspectiva le agregamos otra, la
que permite mirar la educación de calidad desde el ángulo de su
entrecruzamiento con la formación integral de los estudiantes, fundamentada en
una visión inter-transdisciplinaria, que además de profundizar, relacionar y
contextualizar los conocimientos científicos y tecnológicos, reconozca los de
carácter humanístico junto a los saberes ancestrales, tradicionales y
cotidianos.
Educación para la formación Integral
La formación integral ha sido un tema
sobre el cual reflexionan continuamente pedagogos e historiadores de la
pedagogía. De ahí que un análisis del concepto alude a múltiples encuentros con
pensadores ubicados en otros tiempos, o en distintas épocas, así como a
encuentros con disímiles significados que indican lo plural que resulta el
concepto, porque cada pedagogo está inmerso en unas condiciones donde afloran
tendencias y conflictos que se expresan en la educación de manera específica,
en los modos de concebir la formación y las instituciones educativas. Y, porque
son seres históricos que se encuentran en dinámicas reales, entendemos que
construyen conceptos que se entretejen con las necesidades de cambio o de
permanencia que caracterizan la educación de su época.
En la actualidad, cuando se plantea
una reforma profunda del pensamiento, cuyos alcances se aprecien en los saberes
pedagógicos, revisamos nuevamente las ideas que acompañan el concepto de
formación integral y comprendemos que estamos ante un nuevo desafío. Pues,
ciertamente, de lo que se trata es de romper con los modos tradicionales de
aprender y enseñar, una ruptura que supone confrontar los tradicionales
enfoques epistemológicos decimonónicos que hasta fines del siglo pasado
marcaron la denominada apropiación de conocimientos, ello, pese a los esfuerzos
que se hicieran desde otros enfoques por oponerse a este tradicional modo de
enseñar las ciencias.
Los estudios científico-técnicos
forman parte de ese reto, pues, son concebidos desde una perspectiva que
implica la construcción de conocimientos
sustentada en una racionalidad compleja que involucra enfoques inter-transdisciplinarios
y, en los que aflora una actitud reflexiva-crítica-propositiva-transformadora
que rompe con viejos paradigmas, esto es, los que disyuntan e impiden el
diálogo entre los conocimientos, y entre estos y los saberes ancestrales.
Si hay un área de conocimiento que constituye una
asonada contra los paradigmas consagrados, es, precisamente, la de las tecnologías, las cuales en sí, aluden a
un carácter diverso resultado de un campo plural y cruzado de conocimientos,
campo en el que se entretejen múltiples estudios teóricos, analíticos,
explicativos e interpretativos, junto a intereses de variado signo y
significación.
Sin embargo, los problemas a los
cuales nos enfrenta la formación integral, no son sólo de orden tecnológico, económico, científico, sino también de
carácter, histórico, axiológico, político y profundamente social, es por lo
que se comprende que los estudios científicos-tecnológicos vienen a ser un
campo de conocimientos en el que se crea y recrea la formación integral,
interdisciplinaria y transdisciplinaria, que pueda abordar las complejidades de la realidad.
Educación para el reconocimiento de la condición humana
La educación supone apostar por un
enfoque de la condición humana, que la valore en su complejidad. Desde este ángulo
la condición humana es concebida como individual-social, pues, tan necesario es
comprenderla como asunto individual,
que como cuestión histórico-social.
La primera, permite reconocer cuándo está en juego sólo el proyecto de
formación personal y la segunda, el proyecto social y sus vínculos con el
ejercicio de la ciudadanía.
El proyecto individual puede derivar
en comportamientos y actitudes competitivas, en la exclusión y discriminación a
los que son sometidos los otros, consciente o inconscientemente; en las
posturas autoritarias, impositivas y personalistas, matices o expresiones del
individualismo. El proyecto social en sus vínculos con una
ciudadanía-planetaria implica, por el contrario, el reconocimiento de nuestro
existir en lo local, un modo de existir que requiere solidaridad,
corresponsabilidad, coparticipación, lo cual supone el reconocimiento de una
relación que se hace diálogo en la participación y en el compartir con los
otros, o, si se quiere, en el reconocimiento de la alteridad que se vuelve yo y otros.
Sólo una lectura de la educación que
coloque como base conceptual la complejidad de la condición humana permitirá
comprender la misión ético-política de la universidad. Lo que se pone en juego
y por lo que se apuesta con la creación de las nuevas universidades inscritas
en la Misión Alma Mater, es por una formación ética en la que los valores de
solidaridad responsable, corresponsabilidad, participación y coparticipación
acompañen la condición humana comunal-planetaria, con el fin de profundizar la
democracia participativa, la autodeterminación de los pueblos y la soberanía
científica, tecnológica, cultural, política, económica, social y alimentaria.
La educación para la formación de las ciencias y tecnologías humanizadas
Sin duda, uno de los problemas que se
expresa en la educación y que atenta contra la formación integral, es la dicotomía entre las ciencias duras y
las ciencias blandas, o, entre éstas y las humanidades. Falsas dicotomías,
manejadas por intelectuales cientificistas y experimentalistas, reproductores
de una racionalidad simplificadora que enclaustra los conocimientos en dominios
disciplinarios, impidiendo el diálogo entre ellos, es decir, entre conocimientos
histórico-sociales, naturales, físicos, éticos y políticos y saberes
ancestrales. Dicotomías que comportan discriminaciones, lo que hace que ambos campos científicos --duros y blandos--
aparezcan empobrecidos cuando tratan con poca profundidad temas que les
conciernen.
Por eso, la educación universitaria
tecnológica resulta insuficiente si se limita la formación a su propia esfera;
si no entreteje otros conocimientos de carácter científico o no, y humanístico;
con estos logrará generar una comprensión amplia/relacional y profunda de los
temas estudiados, y asumirá integralmente el enfoque complejo que le subyace.
Una educación que tiende a limitar la
formación a los ámbitos científicos y tecnológicos, no encaja en una
concepción, por esencia multi-inter-dimensional, en la que los procesos se comprenden desde una lectura que
se desplaza en dos dimensiones entrelazadas, biodiversidad y sociodiversidad, cada una de las cuales remite, a
su vez, a los conocimientos específicos que las conforman, así como a los
entrecruzamientos entre ellos, indispensables pues le imprimen valor a la
formación de un profesional animador de la transformación social, preservador
del ambiente y productor de bienes necesarios. Desde esta perspectiva, no caben
las desviaciones y reduccionismos cientificistas, racionalistas,
instrumentalistas, tecnicistas, pragmatistas en cuanto evitan los
entrecruzamientos impidiendo concientizar que la ciencia supone siempre a la
condición humana como especie única, que se expresa a través de lo diverso, y
que es bio-afectiva-social.
De ahí la importancia de interpelar
los conocimientos científicos analizando otros modos de conocer la dimensión
humana compleja, en este caso, hacia los conocimientos humanísticos los cuales
evocan estética y ética, política y filosofía, sin obviar los saberes
ancestrales que acompañan la memoria e historia del imaginario popular. De ahí
la importancia de educar en una ciencia
con conciencia, construyendo un ethos profesional que se manifiesta cuando abordan críticamente los reduccionismos que
suelen aparecer también en nosotros como interrogantes al conocimiento; es
decir, cuando éste es simplificado, distorsionado o disociado de lo humano.
Educación ética vinculada a la construcción de una nueva ciudadanía-democrática-participativa
Sin dejar de reconocer que el proceso
educativo en las universidades politécnicas se orienta a la formación de
técnicos y profesionales integrales, mediante la apropiación, adecuación,
creación e innovación de conocimientos científico-tecnológicos-culturales,
también requiere que sus actores concienticen y pongan en ejercicio los valores
que permitirán construir una nueva ciudadanía participativa y protagónica, como
profesionales y líderes de los cambios que demandan las poblaciones y las
diversas necesidades que plantea la superación de las condiciones de vida.
Como se expresa en los Lineamientos
Generales del Plan de Desarrollo Económico-Social 2007-2013, de la República
Bolivariana de Venezuela, la educación debe acentuar la democracia
participativa y protagónica, con basamento en la asunción de la equidad y el
reconocimiento del otro, esto es, desde una perspectiva humanística y social,
que subraye los deberes y derechos
humanos y ciudadanos, lo cual implica incluir géneros, grupos etarios, etnias,
discapacitados y privados de libertad. Una educación que induzca a leer las
crisis sociales y como se revierten en los grupos humanos, con la finalidad de
construir sociedades que respondan y respeten las condiciones de existencia de
todas y todos los venezolanos, latinoamericanos y caribeños, los desasistidos del
planeta. Ante esto, la educación
puede y debe seguir un curso que
no la
aisle de la consideración humana,…, por el contrario, (debe) hacerse cargo de
las preguntas relativas a nuestra condición humana: ¿quiénes somos? ¿Dónde
estamos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? (Documento Rector Universidad
Bolivariana, 2004)
Preguntas que involucran la necesidad
de mirar-nos, teniendo como base un enfoque complejo que enlaza la formación
vinculada a las cuestiones del modo de vida del pueblo venezolano y los pueblos
latinoamericanos y caribeños con lo ético-político, vinculadas a los tiempos
que corren, en los que se acrecienta, paulatinamente, el exterminio del
planeta. Un enfoque que concientiza acerca de la importancia de ejercer una
nueva ciudadanía comunitaria.

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